Encuestas ACD Media y Gallup: música para los oídos de Luis Abinader

Encuestas ACD Media y Gallup: música para los oídos de Luis Abinader

Luis Abinader ha conseguido sostener elevados niveles de popularidad sin cultivar ni el miedo ni la epopeya, algo cada vez más infrecuente en América Latina. Su fortaleza política parece descansar menos en grandes transformaciones estructurales que en la percepción personal que proyecta. Más próximo al padre afable que al político taimado —ese producto clásico de la cultura maquiavélica del poder—, el presidente transmite moderación, cercanía y una cierta normalidad institucional que, en tiempos crispados, adquiere valor extraordinario.

Las encuestas recientes vuelven a confirmarlo. Gallup-RCC Media y Gallup para Diario Libre le mantienen por encima del 50 % de aprobación; Latinobarómetro lo ubica tercero entre los presidentes mejor valorados de la región; y ACD Media, salida ayer, registra niveles de respaldo igualmente sólidos. La constante es reveladora: pueden variar las tensiones económicas, las polémicas públicas o las deficiencias administrativas, pero la figura presidencial conserva una estabilidad política poco común.

Y, sin embargo, muchas de las debilidades estructurales del país permanecen intactas. La reforma fiscal continúa aplazada; el endeudamiento sigue funcionando como mecanismo para recomponer las finanzas públicas; y el Banco Central se ha convertido en el auténtico timonel de la estabilidad macroeconómica, moviendo tipos de interés y administrando la presión cambiaria para evitar sobresaltos mayores. La economía navega, sí, pero lo hace sostenida sobre delicados equilibrios monetarios y sobre una creciente dependencia del crédito.

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Infografía

El fenómeno político se vuelve más llamativo cuando se observa el contraste entre la valoración presidencial y la percepción de su gabinete. La mayoría de los ministros apenas logra construir capital político propio. Algunos ni siquiera consiguen comunicar gestión o conectar con las urgencias cotidianas de la población. Pero Abinader, que los nombró y los sostiene, parece escapar del desgaste que naturalmente debería alcanzarlo. Como si existiera una separación psicológica entre el presidente y su propio gobierno.

Retroceder

El episodio de GoldQuest reveló otra característica central de su liderazgo: la inclinación a retroceder cuando la presión social escala. Frente a protestas construidas muchas veces sobre percepciones más emocionales que técnicas, el Gobierno termina cediendo terreno y optando por una salida políticamente menos costosa. Fue, esencialmente, una decisión populista. No necesariamente porque ignorara riesgos ambientales legítimos, sino porque la respuesta oficial privilegió la preservación del clima político antes que la defensa firme de una política de inversión.

Algo parecido ocurre con ciertas medidas de gasto público. El Gobierno insiste en las limitaciones presupuestarias y en la escasez de recursos para inversión en infraestructura, servicios o reformas pendientes. Pero, al mismo tiempo, aparecen partidas multimillonarias —como los 1,500 millones de pesos destinados a transferencias por el Día de las Madres— que responden claramente a una lógica de sensibilidad popular inmediata. Son decisiones eficaces desde el punto de vista político, aunque contradictorias con el discurso de prudencia fiscal. Como mago en el escenario, acude siempre a su chistera y saca de allí el conejo populista.

Quizá ahí reside parte del secreto de la popularidad presidencial. Abinader ha entendido que la estabilidad política dominicana depende menos de imponer transformaciones traumáticas que de administrar cuidadosamente las emociones colectivas. Evita el choque frontal, retrocede cuando percibe peligro y privilegia la tranquilidad social sobre la confrontación.

Eso no elimina los riesgos futuros. La economía dominicana continúa expuesta a factores externos volátiles; las presiones sociales persisten; y las reformas estructurales siguen pendientes. Pero todo indica que el Gobierno apostará a preservar el equilibrio antes que a alterar el tablero con medidas impopulares. No habrá ajustes severos ni decisiones capaces de erosionar el capital político presidencial.

Mientras tanto, Luis Abinader continúa firmemente instalado sobre la línea simbólica del 50 %. En política, pocas cosas resultan más poderosas que una ciudadanía que, aun desconfiando de muchas instituciones, sigue creyendo en la figura del hombre que las encabeza.

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