La inversión en sostenibilidad más importante de Punta Cana este año no conlleva paneles solares. Tampoco implica sembrar árboles. Es un centro cultural.
El Centro Cultural Rainieri, ya conocido como «un nido abierto para todos«, acaba de abrir sus puertas en The Village Puntacana y es, sin lugar a dudas, el monumento a la sostenibilidad más importante de la región.
¿Qué tiene que ver un centro cultural con la sostenibilidad?, todo.
En 1968, el ingeniero forestal senegalés Baba Dioum lo resumió así: «Al final, solo conservaremos lo que amamos; solo amaremos lo que entendemos, y solo entenderemos lo que se nos enseñe».
La cadena es clara. La protección no ocurre por accidente: empieza por aprender. Del conocimiento nace el cariño, y solo el cariño nos mueve a defender un lugar. El Nido nace para activar esa cadena en un destino donde, hasta ahora, no existía.

En la zona de Verón-Punta Cana viven hoy más de 200,000 personas. Muchas llegaron de otras provincias y de otros países. Agrega la llegada de más de 11 millones de pasajeros al Aeropuerto de Punta Cana solamente el año pasado. Muchos visitantes regresan a casa sin saber que estuvieron en la República Dominicana. Creen que conocieron un lugar llamado Punta Cana: arena blanca, mar turquesa y un poco más.
Un destino de este tamaño necesita una identidad propia, pero compartida. Sin ella, los recursos naturales, el lenguaje, los valores, las tradiciones y las historias de quienes habitan el lugar son de todos y de nadie. Con ella, se convierten en patrimonio.
El objetivo del Centro es que el extranjero aprenda y el dominicano se sorprenda y se reconozca. La naturaleza es parte de lo que reconoce, pero el Centro permite descubrir que somos «mucho más que sol y playa«. Eso no es un detalle decorativo. Es estrategia, presente desde la arquitectura del edificio hasta las exhibiciones que cuentan la historia natural del país.
«Un nido abierto para todos» define el nuevo Centro Cultural Rainieri. Tras recorrer el país, el equipo de investigación identificó la acogida como rasgo esencial de la personalidad dominicana. El símbolo elegido para transmitir esa esencia fue la cigua palmera, nuestra ave nacional. La cigua construye grandes nidos comunitarios donde conviven y se protegen muchos individuos, abiertos incluso a otras especies. Esa es la idea del Centro: un hogar que recibe.

La arquitectura, inicialmente, también nació del paisaje. Sus formas redondeadas se inspiran en los ojos de agua de la zona, como los de la Reserva Ecológica Ojos Indígenas, uno de los atractivos naturales más emblemáticos de la región.
El mensaje está claro: nadie protege un bosque, un manantial, un arrecife, un manglar o una laguna que no siente suyo. El orgullo por el lugar llega antes que su protección.
Punta Cana se fundó sobre esa idea: construir comunidad para quienes ya vivían aquí, para los dominicanos que llegaron de todo el país y para los visitantes. Fue una convicción que compartieron sus dos fundadores, don Frank Rainieri y mi tío abuelo, Ted Kheel.
A principios de los 2000 trabajé con Ted en Nueva York, hacia el final de su vida. Uno de los proyectos que más lo apasionaba era crear un centro cultural para Punta Cana. Durante los tres años que trabajé a su lado, lo vi dedicarle horas al concepto y discutirlo con don Frank con la misma intensidad con la que otros discuten cifras de ocupación hotelera. Para ambos, la sostenibilidad nunca fue una sola pieza. Era el negocio, el medio ambiente, la comunidad y la cultura, todo a la vez. Ted no llegó a verlo construido.

Años después viví junto a los Rainieri otra experiencia que me marcó. En mayo de 2009, Grupo Puntacana recibió en Florianópolis, Brasil, el premio de Gestión de Destino de los Tourism for Tomorrow Awards del Consejo Mundial de Viajes y Turismo. Fuimos la primera organización del Caribe en ganarlo en esa categoría, y acompañé a don Frank y doña Haydée a recibirlo.
De regreso, hicimos una parada en Curitiba. Desde los años setenta, bajo el liderazgo del arquitecto y alcalde Jaime Lerner, la ciudad planificó parques, transporte, residuos y cultura como una sola estrategia. En 2010 ganó el Globe Sustainable City Award, cuyo jurado destacó precisamente esa visión integral: el medio ambiente conectado con la cultura, la economía y la sociedad.
Pero lo que más me marcó fue el Ojo. El Museo Oscar Niemeyer, inaugurado en 2002, debe su apodo a una torre en forma de ojo gigante. El edificio es espectacular, pero lo notable era lo que pasaba a su alrededor.
Sus jardines y los bosques cercanos forman un gran parque cultural en el Centro Cívico de la ciudad. Aquel día había cientos de niños jugando y familias sentadas en la grama. El Ojo no es solo un museo. Es un punto de encuentro y un símbolo de cómo Curitiba se ve a sí misma.
Curitiba tiene su Ojo. Punta Cana ahora tiene su Nido, una obra capaz de convertirse en el centro cívico de la región y en su referente cultural más icónico.
Pero la cigua palmera nos deja una última lección. Ninguna cigua construye sola su nido. Es una obra colectiva, rama por rama, que crece con cada familia que llega. Lo mismo aplica para Punta Cana. El sentido de lugar, la comunidad y la bienvenida al visitante no los construye una empresa ni un edificio. Lo construimos entre todos. El Centro Cultural Rainieri es la primera rama. Hoy, gracias al sueño de Ted y al empuje incansable de don Frank y doña Haydée, nuestro nido existe. Ahora nos toca a nosotros seguir construyendo.






