Mi abuelo decía que antes una llamada importante se esperaba como si fuera un acontecimiento. Había que tener paciencia. Esperar el momento. Escuchar el teléfono sonar desde lejos y correr para contestar. En ese tiempo, comunicarse no era algo cotidiano. Era algo especial.
Muchos años después, mientras veo a mi hija hacer una tarea en línea, a mi esposa en una videollamada de trabajo y a mi sobrino viendo una clase desde su celular, pienso en todo lo que ha cambiado el país desde aquella primera llamada. Y también pienso en cómo la conectividad ha acompañado cada etapa de nuestra vida, porque la historia de las telecomunicaciones en República Dominicana no se trata solamente de tecnología. Se trata de personas. De familias. De sueños que encontraron nuevas oportunidades gracias a estar conectados.
Recuerdo cuando tener internet en la casa comenzó a cambiarlo todo. De repente podíamos buscar información en segundos, hablar con familiares que vivían fuera del país y descubrir un mundo completamente nuevo desde una pantalla. Lo que antes parecía lejano empezó a sentirse cerca.
Luego llegaron nuevas formas de conectarnos. Los celulares dejaron de ser solo para llamadas. Los negocios comenzaron a vender por redes sociales. Los jóvenes empezaron a crear contenido, estudiar en línea y trabajar desde cualquier lugar. Poco a poco, el país entero comenzó a moverse a otra velocidad. Y sin darnos cuenta,
Eso quedó más claro que nunca durante la pandemia. Mientras el mundo se detenía, nuestras conexiones nos mantuvieron cerca. Las clases continuaron desde casa. Las reuniones de trabajo siguieron ocurriendo a través de una pantalla. Las familias encontraron maneras de acompañarse aun estando lejos.



